Sergio Tricio
En esta conversación sobre cómo invertir en acciones chilenas, Tomás Casanegra y Sergio Tricio revisan una bolsa en corrección y vuelven a los fundamentos: qué mueve de verdad a los mercados, qué muestran los resultados de las empresas locales y qué mirar antes de comprar una acción.
La conversación arranca con la bolsa chilena y la mundial en corrección, y con una advertencia de Casanegra: descontando el petróleo, en términos de niveles no ha pasado gran cosa. Su lectura es que las guerras, salvo excepciones históricas, son transitorias y con desenlaces que el mercado anticipa antes de que empiecen.
Lo que sí le preocupa son los efectos financieros que se contagian: menciona el ruido sobre la sobreinversión en inteligencia artificial y sobre la deuda privada como los focos a seguir. El paralelo que usa es 2008, cuando el problema se venía montando cuatro o cinco años antes en un nicho que casi nadie miraba.
El oro le sirve de ejemplo de lo contraintuitivo: según su seguimiento, cayó cerca de 20% desde el inicio del conflicto, justo cuando la intuición decía lo contrario. La explicación que ofrece es mecánica: los bancos centrales llevaban dos años acumulando reservas de oro, y las reservas se gastan cuando se necesitan, precisamente cuando se dispara lo que hay que comprar.
Tricio destaca la tranquilidad con la que su invitado mira la corrección y la contrasta con la del inversionista que recién empieza, más expuesto al contagio de los titulares. Casanegra responde que esa calma no es temperamento sino estructura: primero el horizonte, después el análisis.
Recuerda una idea de Morgan Housel que resume la trampa: todas las crisis pasadas se ven, en retrospectiva, como oportunidades de compra; todas las crisis futuras se ven como riesgo. Y agrega su propia versión del problema de reaccionar tarde: cuando la prensa te dice de qué industria salirte, es como comprar el seguro con la casa ya quemada.
Con los resultados del año cerrados, Casanegra describe un cuadro sano. Las utilidades del IPSA crecieron en torno a 20%, y hubo señales que él considera más elocuentes que el índice: recompras de acciones, algo que antes no se veía, y aumentos de capital pequeños y orientados a crecer, cuando históricamente se anunciaban en medio de una crisis de la compañía.
Tricio aporta la lectura de fondo: los años difíciles obligaron a las empresas chilenas a ordenarse, y llegan mejor preparadas a un escenario incierto. Casanegra suma los términos de intercambio —cobre alto y petróleo barato durante un buen tiempo— y el efecto que la inflación tuvo sobre los resultados de la banca.
Su conclusión es deliberadamente poco espectacular: un año en que el IPSA termine 10% o 15% arriba no debería sorprender a nadie, y una caída de 10% es completamente normal. La advertencia va para el otro lado: tampoco hay que esperar que se repitan los años excepcionales.
El repaso sigue el orden de las preguntas del público. En las AFP, Casanegra separa el ruido del negocio: las comisiones crecen de forma vegetativa, así que no espera un salto de utilidades, pero sí un dividendo alto y sostenido. Su matiz es importante: el interés compuesto ahí lo tiene que hacer el inversionista reinvirtiendo, no la empresa.
De la banca dice que sigue siendo sólida y le interesan especialmente los bancos que incorporan el negocio de seguros y rentas vitalicias, por cómo la contabilidad de las reservas técnicas castiga hoy resultados que aparecen más adelante. En el consumo discrecional, en cambio, advierte que el ciclo manda.
El caso de Concha y Toro le sirve para una idea de Peter Lynch: lo que más le gustaba eran las empresas que crecen dentro de una industria que no crece. La recompra de alrededor de 4% de la propiedad le pareció una buena señal en una industria mundialmente deprimida. Sobre CAP y las tierras raras es explícito: no logra entender el plan, y prefiere decirlo antes que opinar. Del sector eléctrico advierte que la generación es, en la práctica, un commodity.
Consultado por qué debería revisar quien recién empieza, Casanegra parte por lo aparentemente obvio: mirar si la empresa gana plata de forma consistente, con cinco a diez años a la vista, para distinguir lo recurrente de lo excepcional. El error habitual, dice, es leer una ganancia en el diario y aplicarle un múltiplo a un resultado circunstancial.
De ahí pasa a la calidad de esas utilidades y al balance, con un recordatorio que le importa: el accionista es dueño del patrimonio, no de los activos. Un activo escondido en una compañía solo sirve si queda algo después de pagarles a los acreedores, y ese tipo de oportunidades exige un aguante que no todos tienen.
La parte más concreta del webinar es también la más difícil de ver en el momento. Casanegra insiste en que el dividendo se mide contra el precio que se pagó: hay compañías chicas compradas hace años que hoy rinden del orden de 15% anual sobre aquel precio, además de haberse apreciado.
El ejemplo que desarrollan es Habitat. Quien promedió compras en torno a los 500 pesos y se quedó quieto recibe hoy, según su cálculo, algo más de 20% anual en dividendos sobre ese costo, sin contar el spin-off que la compañía repartió después.
Tricio insiste en el punto porque cree que es donde más se atasca la gente: todo el mundo quiere comprar barato y vender caro, pero el rendimiento sobre el costo solo se ve si no se vende. Casanegra lo cierra con el meme de Forrest Gump y Apple: la gracia no es la suerte del personaje, es que quien hubiera invertido al ver la película, con Apple ya reconocida, también habría multiplicado su capital muchas veces. El interés compuesto, remata, necesita veinte o treinta años para hacer su trabajo.
Para cerrar, la mirada a Estados Unidos gira en torno a una observación: la única grande que no está invirtiendo fuerte en inteligencia artificial es Apple, porque monetiza el fenómeno por otra vía, el porcentaje que cobra cada vez que alguien descarga una aplicación en su teléfono.
Su reserva no es con la tecnología sino con el capex: hay una cantidad enorme de energía, recursos e infraestructura comprometida frente a modelos de negocio que todavía no muestran cómo se cobran. Tricio agrega el precedente histórico que ya habían discutido: en otras olas de infraestructura, los ganadores no fueron quienes la construyeron sino quienes la aprovecharon después.
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